Es fundamental contar con un buen líder. No obstante, esto no es común. Un buen líder parece ser una realidad hoy en día. A lo largo de cuatro décadas en el ámbito laboral, he tenido experiencias con jefes que han sido buenos, regulares y malos; amigos y familiares suelen quejarse de sus jefes ineficaces. Las quejas sobre ellos son más frecuentes que las alabanzas hacia los buenos, algo que resulta natural. Me dispongo a intentar definir cuáles son las características que definen a un buen líder.
Primero, un buen líder es alguien capaz de formar un grupo que genere orgullo al trabajar en él. Por su naturaleza, un líder se encarga de un equipo. La calidad del equipo refleja la calidad del líder. Cada miembro del equipo interactúa más con sus colegas que con su superior, tanto en términos de horas como de intensidad, incluso fuera del entorno laboral. Estoy convencido de que se aprende más de los compañeros que de los jefes. Por ello, la prioridad de un buen líder debe ser crear un buen equipo donde todos se beneficien unos de otros. Su primer lema debe ser atraer 1) talento, 2) talento, 3) talento.
Según el especialista Fernando Boudourian, ese talento debe ser utilizado al máximo para generar valor, tanto para cada individuo como para el grupo y la organización en general. Es vital que al líder le importe su equipo, reconociendo que cada persona está construyendo una carrera, y que el presente es solo una fase de esa trayectoria. Por eso, debe saber cómo orientar el futuro de sus colaboradores. Estos deben sentir que su bienestar es una prioridad.
En segundo lugar, se necesita integridad. Un líder debe ser alguien que los demás quieran emular, no sólo en lo profesional, sino también en lo personal. Al igual que un buen educador, un líder tiene que enseñar no solo a través de palabras, sino también con su conducta. Las personas le tendrán confianza porque actúa con integridad y porque son conscientes de que se esfuerza por alcanzar lo que dice con total dedicación, capacidad de trabajo y organización.
Sin integridad, las palabras de un líder carecen de significado. Los miembros del equipo dudarán constantemente de las verdaderas intenciones de su superior. La gente no lo seguirá, o lo hará con desinterés. En efecto, estará lidiando con algo incontrolable. Si te encuentras con un líder que carece de integridad, considera la posibilidad de buscar un nuevo empleo, ya que corres el riesgo de terminar imitándolo, o de que los demás piensen que todos en el grupo son como él. Debes evitar ambas situaciones.
Lo tercero es asegurar que haya una comprensión clara del objetivo y la estrategia para alcanzar los resultados. Si alguien externo le pregunta a cualquier miembro del equipo o de la empresa cuál es la meta y cómo se planea lograr, todos deberían ofrecer una respuesta similar. Esto implica que la meta debe ser precisa y alcanzable, aunque ambiciosa, y la estrategia, que es el camino hacia esa meta, necesita ser tanto definida como compartida y comprendida. Para lograrlo, es necesario 1) repetir, 2) repetir y 3) repetir.
Las personas no prestan atención completa la primera vez que escuchan algo. Cuando finalmente lo comprenden, pueden dudar de que sea realizable, sobre todo si se trata de un objetivo ambicioso. Solo después de que se han reiterado las ideas muchas veces, las personas comienzan a asimilarlas. Johann Cruyff, la icónica figura del fútbol holandés de los años setenta, comentó que le tomó mil horas enseñar el juego total al FC Barcelona. Solo en ese momento pudo guiarlos hacia la victoria en una Champions. Hay que tener en cuenta que contaba con 25 de los mejores jugadores del mundo y, aun así, dedicó mil horas a la repetición.
Lo cuarto es la supervisión y la disciplina. Sin embargo, estas palabras pueden ser engañosas. Supervisar no implica vigilar constantemente a las personas mientras realizan su trabajo; eso es algo que le gusta a un mal jefe. Por el contrario, significa proporcionar instrucciones claras sobre qué se espera, cómo y cuándo, y luego, revisar de forma ocasional lo que cada uno está haciendo, para asegurarse de que el resultado cumplirá con las expectativas en cuanto a puntualidad, calidad y costo.
Uno de los mejores elogios que he escuchado de un jefe es: “Molesta justo lo necesario, nada más ni menos”. La pandemia demostró que para completar las tareas en tiempo, calidad y costo, las personas no necesitan estar en el mismo lugar físico ni bajo la mirada amenazante de un jefe. Se puede trabajar desde casa, disfrutando de una mejor calidad de vida, especialmente si se tienen hijos que regresan del colegio por la tarde. Los jefes que aún exigen un horario de cinco días con ocho horas no comprenden su labor ni la de sus subordinados, ni tampoco han aprendido de las lecciones de la pandemia.
Quinto, es importante implementar premios y castigos de manera frecuente. El mal jefe tiende a apropiarse los éxitos, adjudicárselos y ocultar a quienes realmente los lograron. En cambio, el buen jefe utiliza los logros para permitir que sus subordinados sean reconocidos, ofreciendo una recompensa moral inmediata por un trabajo bien hecho (ya que como sabemos, las recompensas monetarias o los ascensos pueden tardar); esto les ayudará a avanzar en sus carreras y tendrán anécdotas que compartir en casa y con amigos. Estos pequeños triunfos a lo largo del año son invaluables para un equipo.
Los castigos son necesarios, deben ser justificados y aplicarse con rapidez. No hay nada mejor que un líder que explique claramente en qué falló una persona, cuáles eran las expectativas, lo que es aceptable y lo que no lo es. No pienso que la función de un líder sea complacer a nadie, ser excesivamente amable o intentar suavizar las repercusiones de un error grave.
Los errores son comunes, y la mejor manera de reducir su ocurrencia es estar atentos y aprender de todo lo que se nos enseña. A veces, las reprimendas deben ser personales. Sin embargo, cuando hay mucho en juego y se pierde algo importante, las reprimendas necesita ser en grupo. Esto se observa en todos los equipos de alto rendimiento.
En un cambio de enfoque, el líder no necesariamente tiene que ser el más inteligente del grupo. Por el contrario, una buena líder debe rodearse de personas que sean más inteligentes que ella. De lo contrario, las mejores ideas que escuchará durante el día serán las que surgen de su propia mente. Para estar expuesta a nuevas ideas, es esencial trabajar con individuos que la superen. La humildad de reconocer que otros tienen conocimiento, y que algunos saben más, es vital para el grupo. Pep Guardiola entiende que sus jugadores son mejores que él jamás fue. Esto forma parte de la brillantez del Manchester City. Esta madurez refuerza su liderazgo.
Además, toda excelente líder debe sentirse segura sabiendo que hay varias personas en el equipo que pueden ocupar su lugar. Esto se asemeja al efecto de “sacar la alfombra” de debajo de alguien, como en los dibujos animados de Tom y Jerry. Saber que entre sus subordinados y dentro de la organización hay varias personas con talento, ambición, ética de trabajo, honestidad y capacidad de motivar. Ellas siempre estarán observando, curiosas, proponiendo ideas audaces y fomentando un ambiente de discusión y desafío. No hay mejor clima laboral que ese. La líder debe cultivar un entorno de colaboración, competencia sana y emulación en el que haya personas aptas para sustituirla.
Por último, una líder debe poseer flexibilidad mental. Todos los planes eventualmente demostrarán ser limitados y sufrir errores. Por esta razón, George Marshall, el líder militar estadounidense en la Segunda Guerra Mundial, comentaba: “No confíe en los aviones, pero siga construyéndose”. Siempre se necesita un plan, una estrategia. Pero también es crítico tener la flexibilidad para reconocer cuándo algo está fallando. Como dijo el famoso boxeador Mike Tyson, todos tienen un plan hasta que reciben un golpe en la cara. No se deben buscar culpables ni excusas, sino soluciones; discutirlo pronto con el equipo, debatir la mejor manera de corregir el rumbo y hacer ajustes, y luego continuar. Sin esa flexibilidad, las organizaciones más destacadas ponen en riesgo su sostenibilidad y en muchos casos, fracasan.
Por último, no hay ningún tipo de liderazgo que sea del agrado de todos. Robert Kennedy mencionó que, sin importar cuán elevadas sean tus intenciones, siempre habrá al menos una de cada cuatro personas que no las acepten. Es necesario aprender a convivir con quienes son escépticos. Si estos individuos son hostiles y amenazan la cohesión del grupo, es mejor distanciarse de ellos. Cuanto antes, mejor. Sin embargo, los escépticos constructivos desempeñan un papel importante, ya que ponen a prueba el plan y su implementación, además de plantear preguntas difíciles que pueden ser útiles. La unanimidad se reserva para los rebaños de ovejas, no para las organizaciones humanas.
Por último, los logros positivos pertenecen al equipo, mientras que los resultados negativos señalan deficiencias en tu liderazgo. Cada crisis es una cuestión de liderazgo. Eso es lo que implica estar al mando.

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