La crisis de 1885 que no tuvo efectos muy perturbadores pudo superarse si frente a los resultados obtenidos hasta entonces el Estado hubiera entrado en una senda de sobriedad. Sin embargo, la política de empréstitos fue continuada con un empecinamiento sin paralelo. El gobernante de 1886, aparte de sus probables diferencias con el del período anterior, representaba una clase social que sin ser diferente de la que representaba su antecesor difería por el hecho de que ella estaba ahora en plena posesión del poder político. Durante su presidencia, Roca debió destinar gran parte de sus actividades, y realizar no pocas concesiones, porque se hallaba empeñado entonces en el fortalecimiento del poder central; ablandaba los antiguos feudos provinciales, concentraba la fuerza del Estado en manos del presidente. Debe recordarse que, si bien las posteriormente llamadas provincias pobres ya representaban fuerzas de importancia reducida, había otras a las cuales el trabajo de convencimiento que el presidente realizó tenazmente, consumía muchas ventajas y no pocas concesiones. La sola denominación de la provincia de Buenos Aires, que no había aceptado la expropiación de la ciudad y que pugnaba todavía por imponer sus convicciones y sus intereses, era una obra que aconsejaba tema labor serena y medios. Los grupos que intervinieron en la campaña presidencial se habían disuelto y muchos de ellos renunciaron a la actividad política como Alemania que representaba entonces las más pujantes fuerzas progresistas.
La reconstitución de la oposición, fue pues una obra que no logró realizarse durante el período de Roca. Esta circunstancia le acordaba si acaso alguna autonomía de desempeño: pero el otro aspecto de la labor de formalización del presidencialismo privaba sin duda en su ánimo y lo hacía más prudente. De haberlo sorprendido la crisis del 85 unos años antes, acaso Roca habría logrado neutralizar sus efectos. Su sucesor heredó prácticamente la suma del poder público; ningún gobernante de la Argentina había llegado al poder con mayores recursos de toda especie, políticos desde luego, porque disponía de 12 o 13 de las provincias a su arbitrio y entera voluntad; tenía una mayoría decisiva en ambas cámaras y bastaría repasar algunos diarios de sesiones para medir hasta qué extremos la adhesión había conducido a numerosos legisladores.
Semejante poder político es claro que pudo derivar hacia las obras y servicios que el país reclamaba con urgencia si en su doctrina hubiese entrado preferentemente la atención de los intereses colectivos. Pero esa minoría ilustrada que había tomado el gobierno tenía otros conceptos no extraños desde luego a ese momento de América. El auge de la inmigración había removido profundamente los presupuestos mentales americanos; había llegado con sus ideas de libertad por las cuales había luchado en Europa a veces infructuosamente y por cuya causa se había visto obligada a emigrar. La influencia de los extranjeros modificó pues profundamente la mentalidad americana en lo que ésta conservaba de pasividad, de fatalismo y de inoperancia. Introdujo nuevas técnicas y abrió panoramas desconocidos e inexplorados hasta entonces. La entrada simultánea de los capitales acordaba a estas ideas la posibilidad de trascender a los hechos. Es así que entre 1870 y 1900 en la misma medida en que los diversos países americanos habían iniciado por acción propia la modificación de sus respectivas estructuras, las minorías ilustradas tomaron el gobierno y se caracterizaron en su manejo aproximadamente por las mismas ideas.
En Méjico es la dictadura liberal de Porfirio Díaz; en Venezuela la de Guzmán Blanco “el ilustre americano”; en Brasil es la eliminación de la esclavitud y la proclamación de la república; en Chile los movimientos que llevan al poder a Santa maría y Balmaceda. Todos los movimientos que conducen a esos hombres al gobierno se proponen invariablemente colocar a su país en la ruta del progreso tal como se entendía entonces. Ferrocarriles, puertos, obras de salubridad, electricidad, extensión de las plantaciones, educación. Las capas más avanzadas de la burguesía impulsadas por el afán progresista que supone la entrada de esos nuevos elementos, inmigración y capitales, pugnan por la transformación de su respectivo país en una nación capitalista moderna. Y desde que la realización de sus ideales depende de tales factores todos proclaman con igual arrebató el liberalismo propagado algunos años antes por Gran Bretaña.

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