La información concerniente a la deuda pública es susceptible de elaboraciones y análisis que permitan realizar conceptualizaciones acerca de la misma, entre ellos es posible mencionar:
a) Análisis a valores constantes de la misma, para varios períodos.
b) Relación de la deuda pública total con el producto bruto interno.
c) Relación de la deuda pública externa con el valor de las exportaciones anuales o por períodos.
d) Estructura de la deuda por el plazo de sus vencimientos.
e) Composición de la deuda: interna y externa, por tipos de valores, etcétera.
Las conclusiones de este tipo de análisis se suelen referir a la forma en que la deuda pública presente afectará los futuros movimientos de La Tesorería General de la Nación, y, en el caso de la deuda externa, el Balance de Pagos.
Si la deuda pública ha crecido, a valores constantes, esto implica un incremento del endeudamiento hacia el resto de la economía. Para asignarle un valor más preciso a esta tendencia se la compara con la tasa de crecimiento relativa del PBI (elasticidad), a fin de confirmar si la deuda pública creció en un momento de expansión de la actividad económica o no. Una deuda pública concentrada en plazos cortos tiene consecuencias financieras y económicas muy distintas que aquella distribuida en un lapso más prolongado.
En el presente capítulo realizaremos el análisis del instrumental técnico utilizado para especificar los distintos aspectos del Sector Monetario. Los aspectos monetarios de una economía de mercado son universales en el sentido que están presentes en la integridad de la misma, cubriendo todos sus intersticios y representando su realidad.
En teoría suelen separarse los aspectos “reales”de los “monetarios» de una economía refiriéndose los primeros a magnitudes físicas y los segundos a magnitudes en valor. Desde el punto de vista empírico, sin embargo, suele corresponderles la primacía a los aspectos monetarios, en virtud de que la mayor parte de las estadísticas nos refieren a magnitudes en valor. Así, el producto, el ingreso, las variables del comercio exterior y de cada sector en particular suelen expresarse preferentemente en unidades monetarias.
Para los economistas clásicos esta separación entre los aspectos reales y monetarios de una economía carecía esencialmente de valor analítico. Solían concebir al mercado monetario como un “velo» del mercado real en el sentido de que traducía a otro lenguaje sus magnitudes físicas. Dentro de esta concepción el dinero jugaba un papel exclusivamente como “medio de pago”, y el equilibrio de los mercados reales (de pleno empleo) se lograba con prescindencia absoluta de su presencia. Era un problema de oferta y demanda reales que se expresaba por conveniencia en términos dinerarios. El valor del dinero (a la sazón de «pleno contenido”: ver infra) se establecía en virtud de los costos de producción de los metales preciosos, modificado temporal y circunstancialmente por la oferta y demanda del mismo en los mercados reales La flexibilidad del sistema de precios hacía jugar al dinero como reacondicionamos de los demás mercados, hasta tanto la oferta (producción de a partir de los análisis keynesianos se revalora la importancia de los aspectos monetarios de una economía. Por una parte, eso fue producto tal que contenía. Pero, más enfáticamente, Keynes desechó la idea de la neutralidad monetaria contenida en la teoría del «velo». Los aspectos monetarios interactúan con los aspectos reales de una economía.

Keynes planteó, por ejemplo, que para establecer el nivel de equilibrio en los mercados reales no debe tenerse en cuenta la “demanda deseosa» sino la “demanda efectiva”, estando esta última vinculada con el nivel de liquidez de los demandantes. Estableció, además, que la demanda monetaria no se realizaba únicamente por un “motivo transacción” (para comprar bienes) sino también por un “motivo precaución “que dependía de las expectativas, y por un “motivo especulación”, que dependía del rendimiento de los activos financieros existentes en el mercado’. Estas ideas transformaron la concepción de neutralidad difundida acerca del dinero, ya que éste pasaba a jugar un papel como “depósito de valor”, atributo reconocido hasta ese momento únicamente a los bienes físicos y los activos financieros. Para los clásicos ésta dependía de la tasa de interés, siendo el nivel de inversión logrado siempre equivalente al nivel de ahorro del pleno empleo. Keynes afirmó que la inversión era función del diferencial entre la “eficacia marginal del capital” (expectativas sobre precios futuros) y la tasa de interés. No necesariamente, entonces, el nivel de inversión logrado sería igual al de pleno empleo.
Con esta concepción, el autor apunta a dos frentes:
a) una teoría explicativa del paro y la depresión, en virtud de que la inversión como componente de la demanda global no siempre “gasta” lo que se ahorra;
b) una teoría explicativa del ciclo económico, en virtud de que las expectativas sobre los precios futuros pueden reforzar las tendencias de la “prosperidad” y la “depresión” presentes.
A partir de las ideas monetarias de Keynes, que sólo hemos esbozado en sus principios más evidentes, comienzan a adquirir su actual dimensión los aspectos monetarios de una economía.

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