Recordaron muchos la patria lejana, y según el ritual de costumbre, dieron gracias a Nuestra Señora Santa María del Buen Aire, venerada patrona de los mareantes. Acaso en ese instante, Sancho del Campo, al pisar tierra, porque tal vez el pampero había refrescado la atmósfera, exclamó: “¡qué buenos aires son los de este suelo!”. Impresionado Mendoza por la frescura y pureza del ambiente, por la dilatada llanura que divisaba desde el alcázar de la nao, en cuyo palo mayor ondeaba su insignia de adelantado, y por las excelentes condiciones del surgidero que ya elogiaban los pilotos como superior a los restingas de San Gabriel y Martin García, resolvió establecerse de momento en una tierra que presentaba tan buenas perspectivas, y era preferible además a la de la otra banda, donde los desertores podían más fácilmente huirse al Brasil.
En los primeros días de febrero, probablemente el 2, fiesta de la Candelaria, fundó en ella la primera y precaria población, simple varadero que denominó, quizá por consenso unánime, Puerto de Nuestra Señora Santa María de Buen Aire, y que terminó por llamarse, poco después, Puerto de Buenos Aires, prevaleciendo así el nombre debido a la exclamación del piloto del Campo. Como lo prueban todos los actos posteriores y hasta el hecho mismo de la despoblación, no fue propósito de Mendoza y los suyos fundar una nueva ciudad, sino establecer un puerto, un varadero para las naos. No es exacto, pues, según se ha pretendido, que se extraviase luego el acta de la fundación que para el caso prescriben las Leyes de Indias. Ni se explica que un escribano tan minucioso como Pedro Hernández, actor y testigo presencial, de quien se conocen cientos de escrituras otorgadas durante la fugaz existencia del varadero, no conservase la del acta presunta, por lo menos con igual diligencia que las otras. Casi todas esas escrituras están fechadas en el puerto; muy pocas en el real y puerto; ninguna en la ciudad. No hubo extravío, sino simple omisión del acta. No se trataba de una ciudad, sino de un puerto. Los términos empleados en el acta de 1580 lo prueban sin la menor duda: “Hoy sábado día de nuestro señor San Bernabé once del mes de junio del año del nacimiento de nuestro Redentor Jesucristo de mil e quinientos e ochenta años estando en este puerto de santa maría de buenos aires que en las provincias del río de la plata intitulada nuevamente la nueva Vizcaya hago e fundó en el dicho asiento e puerto una ciudad la cual pueblo con los soldados y gente que al presente tengo y he traído para ello la iglesia de la cual pongo su advocación en la santísima trinidad…»
La fortaleza o presidio que debía servir de residencia se asentó en los terrenos bajos y anegadizos de la orilla, los cuales, a pesar de su inconveniencia, bien manifiesta para todos, se prefirieron a las lomas de la barranca inmediata, por su proximidad a las naos: refugio seguro, cuyos versos y falconetes o culebrinas podían proteger la fortaleza, ahuyentar cualquier eventual y desconocido. La precaución era elemental ísima y harto explicable para que pisaba por vez primera una tierra punto menos que ignorada. Una vez establecidos en ella firmemente, ya se podría con mi tranquilidad elegir el mejor sitio de la definitiva ubicación, resolvía la fundación de una ciudad, dejando el fondeadero de las naos donde quedó definitivamente. El puerto, en que vivieron hacinados, probablemente, muy cerca de mil hombres, conoció entonces todos los horrores de hambre; la rebusca dolorosa y febril de la caza, hasta en su variedades más repugnantes, y de toda clase de hierbas, fuesen o no comestibles; el hedor y la vecindad insoportables de los cadáveres de compañeros muertos de inanición, ocultados, pan defraudar y devorar en secreto las raciones de bizcocho que les corresponden, reducidas cada vez más a miserable lacería; y, por último, la demencia del canibalismo que descuartizaba, después de robados a la horca, los ajusticiados por la ley sumarísima del racionamiento: he aquí, en los primeros días del puerto de Buenos Aires.
Fue necesario enviar por víveres a la socorrida costa del Brasil, para donde partió Gonzalo de Mendoza, con la nao Santa Catalina, el 3 de marzo de 1536, poco más o menos, al mes de asentada la población, acompañado del piloto, lenguaraz y baqueano de aquella región, Gonzalo de Acosta. Poco a poco, la hostilidad de los indios aumentó las tribulaciones de los pobladores, agravando los males de la escasez de víveres. Para remediar, envió el adelantado algunos bergantines tripulados por zoo hombres, a explorar las islas del Paraná. Al cabo de dos meses regresaron los exploradores, sin el remedio que la población esperaba de ellas. Con el fin de procurar algún alivio, y acaso con la ante un nuevo reconocimiento hacia el norte. A fines de mayo patogantines y 270 hombres, y se dirigió al territorio de los timbúes. Para contener a los indios dispuso también un reconocimiento por tierra, en la región de los guaraníes de las islas, junto al delta del Paraná, que confió a su hermano, don Diego, con poco más de 300 soldados. Junto al río Luján fueron atacados por grupos numerosos de indios guaraníes y pampas, el 15 de junio.

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