En el orden nacional e internacional, la ocupación y colonización de territorios despoblados o habitados por salvajes es una inversión de capital personal, conjunto de inmigrantes o colonos, tanto más productiva cuanto mayor es la acumulación previa de ahorro. La ocupación y conquista del nuevo mundo es, desde tal punto de vista, materia de los juicios más erróneos. Suele decirse, por ejemplo, que la superioridad de la colonización inglesa sobre la española se debe al mayor vigor, a la superioridad de la raza anglosajona respecto a la raza latina. Afirmación destituida de todo fundamento, puesto que reduce la comparación al elemento étnico, prescindiendo del económico, mucho más importante. Las dos colonizaciones, inglesa y española, fueron idénticas en lo esencial, fundadas una y otra en el mismo principio de exclusividad o monopolio en favor de los súbditos de la metrópoli, aunque llevadas a efecto en muy distintas condiciones territoriales y económicas. Inglaterra comenzó su colonización cuando empezaba su crecimiento mundial; España la suya sin embargo cuando empezaba su decadencia.
Ambas adolecieron, por lo demás, de los mismos defectos, y motivaron idénticos desórdenes, destrucciones de vidas humanas y despilfarros de riqueza, juzgadas con el criterio de la época en que se llevaron a cabo. La acumulación previa de ahorro y su transformación en las distintas formas de capital, humano, mobiliario e inmobiliario, son más considerables, sin embargo, en la colonización inglesa que en la española. El colono inglés emigró al nuevo mundo por razones políticas y religiosas, y llevó sus ahorros, sus costumbres políticas y sus hábitos de trabajo. El español, en cambio, fue de preferencia el aventurero, el hidalgo famélico en busca de fortuna fácil o de un cargo rentado en la administración colonial, señalados y zaheridos por los más insignes escritores de la grandísima madre patria, o el burgués que buscaba su futuro en la covachuela u ocupación entre los mercaderes beneficiarios de un monopolio roído por el contrabando, y tal cual vez, hasta muy entrado el siglo XVIII, y no obstante numerosas informaciones de limpieza de sangre y buena conducta, un maleante o un polizón reclutado en el hampa de las ciudades, fugitivo de la justicia, también en busca de fortuna y fáciles aventuras, como las que se describen en Rinconete y Cortadillo y en La garduña de Sevilla.
A esta ciudad afluyen los capitalistas, los conquistadores de Indias que allí levantaban bandera de enganche, los afortunados mareantes que habían logrado capitular con la Corona, y la turba de los que se veían forzados a pasar a las Indias, y que “lo mismo pedían que despedían”, según el gracioso retruécano de Quevedo. La buena colonización española y la sana inmigración extranjera, clandestinas o autorizadas, empezaron muy tardíamente, acaso a fines del siglo XVII y comienzos del XVIII. Sin desconocer, pues, que la raza, definida históricamente como nación, pudo tener su influencia, no hay duda de que la verdadera superioridad de la colonización inglesa es esencialmente económica: superioridad que consiste en una más poderosa marina mercante y de guerra, y en una acumulación previa mucho mayor de ahorro y más abundante transformación del mismo en capitales necesarios para la gran empresa realizada del otro lado de los mares.
La colonización inglesa fue accesoriamente una empresa de conquista y principalmente de colonización, de organización permanente del trabajo productivo. La española, por el contrario. Fue principalmente empresa de conquista, algo así como un capitalismo de Estado de tipo burocrático, y accesoriamente, obra de población y organización del trabajo. La acción europea se hizo sentir de muy distinto modo en el Asia oriental y en América. Mientras en aquélla los europeos encontraron civilizaciones antiquísimas de antemano conocidas por las relaciones de numerosos geógrafos y viajes, y viejos imperios densamente poblados, en los cuales la industria y el comercio tenían una organización regular y se practicaban con arreglo a normas fijas, en América se hallaron ante territorios casi desiertos, habitados por razas inferiores y semisalvajes, con organizaciones políticas rudimentarias, sin nada que se asemejara a civilización, salvo las dos precarias de Méjico y del Perú; sin industria ni comercio.
Esa acción se desplegó, ante todo, como un intercambio comercial vigorosamente ajustado al criterio de conveniencia que regía entonces: volumen y peso mínimos, y valor máximo. Y estas condiciones sólo se verificaban en el tráfico de las regiones intertropicales, esto es, en el de los llamados géneros coloniales: azúcar, tabaco, algodón, cacao, añil, quinina, oro, plata, piedras preciosas, etcétera. En los mares del Asia oriental los árabes tenían, hacía muchos siglos, monopolizado el comercio internacional; y los europeos (portugueses primero, holandeses e ingleses luego) se limitaron a substituirlos, ocupando los puntos estratégicos, imprescindibles: Adén, Ormuz, Ceilán, Malaca, las Molucas. Los imperios coloniales demoraron más de dos siglos en formarse, y se organizaron respetando, en sus bases fundamentales, la organización política, la civilización local, las leyes, usos y costumbres de los pueblos sojuzgados.

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