Otra teoría del “déficit crónico” se basa en las diferencias de productividad entre los Estados Unidos y Europa. La competitividad americana no dejaría, pues, de aumentar con respecto a la de los países competidores, que no tendrían ninguna posibilidad de absorber su déficit en dólares. Triffin critica esta explicación y propone un análisis radicalmente opuesto al de J. H. Williams. Señala que el adelanto adquirido por Inglaterra en el desarrollo industrial durante el siglo XIX no fue nunca, sino al contrario, causa de escasez de libras. El crecimiento más rápido en Gran Bretaña que en los demás países llevaba a un aumento de las importaciones en beneficio de los países productores de materias primas.
Además, se puede comprobar que la producción industrial ha aumentado siempre más rápidamente en el resto del mundo —incluso excluyendo a la U.R.S.S.— que en los Estados Unidos, salvo durante las épocas de guerra. “El enorme avance adquirido por los Estados Unidos sobre Europa durante los cuarenta últimos años es, en esencia, el resultado de dos guerras mundiales más que la consecuencia de un desarrollo en tiempo de paz”. Triffin señala, por último, que los períodos de “escasez de dólares” coinciden con una desaceleración de la actividad económica en los Estados Unidos. No sería, pues, el crecimiento más rápido, sino la disminución relativa de la actividad de los Estados Unidos lo que crearía una “escasez de dólares”.
Entre 1946 y 1947, la explicación más banal de la escasez de dólares es seguramente la mejor: la destrucción, a causa de la guerra, de un gran número de países industriales —Europa y Japón— dejó a los Estados Unidos sin competidores.
Este extraordinario déficit global estuvo financiado en su mayor parte por préstamos del gobierno americano, el más importante de los cuales fue concedido a Gran Bretaña en el marco de un acuerdo firmado en diciembre de 1945. Francia recibió, a su vez, un préstamo de 1.200 millones de dólares a comienzos de 1946. Hay que fijarse especialmente en el acuerdo de préstamo angloamericano, ya que traduce perfectamente el estado de espíritu con el que actuaron los Estados Unidos antes de tomar realmente conciencia de las causas y de la importancia de las necesidades europeas en dólares.
El 15 de julio de 1947, la libra se convirtió, pues, en una moneda libremente convertible en dólares para las operaciones corrientes, a pesar de que Gran Bretaña había utilizado ya 2.150 millones de dólares de un total de 3.750 entre el 15 de julio de 1946 y el 15 de julio de 1947. De todos modos, hay que tener en cuenta el préstamo canadiense de 1.250 millones de dólares concedido a Gran Bretaña por las mismas fechas que el préstamo americano. Uno y otro eran amortizables en cincuenta años, con un interés anual del 2 %.

La convertibilidad de la libra iba a durar aproximadamente cinco semanas, del 15 de julio al 20 de agosto de 1947, fecha en la que el canciller del Exchequer anunció su suspensión. En julio de 1947 se utilizaron 600 millones de dólares; el 10 de agosto de 1947 se retiraron de nuevo 150 millones de dólares de las reservas británicas y 450 millones la víspera de la suspensión de la convertibilidad. Quedaban en esa fecha 400 millones de dólares sobre el préstamo americano de 3.750 millones de dólares.
El mismo Keynes, que había negociado el acuerdo de préstamo en diciembre de 1945, no había previsto la magnitud del riesgo asumido. En un discurso en la Cámara de los Lores, el 18 de diciembre de 1945, había lamentado sobre todo que el préstamo comportase intereses. El fracaso de esta experiencia de convertibilidad hizo descubrir la importancia del “desequilibrio fundamental” que caracterizaba, en esa época, las relaciones entre los Estados Unidos y el resto del mundo.
El multilateralismo y, sobre todo, la no discriminación, exigen unas condiciones estructurales “normales”. En efecto, la no discriminación obliga a los países interesados a reducir todas las importaciones en la misma proporción cuando quieren proteger sus reservas en monedas escasas. Un sistema de este tipo, que normalizaba la competencia internacional, era peligroso al terminar la guerra. Se corría el riesgo de reducir inútilmente los intercambios entre los países europeos bajo el pretexto de salvaguardar los “derechos” de los exportadores americanos, que carecían entonces de competidores.
Entre 1945 y 1949, solamente los Estados Unidos podían proporcionar al mundo entero los bienes de consumo y de equipo que necesitaba; sólo la economía americana había salido consolidada y enriquecida del último conflicto mundial. La vuelta al multilateralismo en 1947 era prematura. El déficit en dólares exigía unas medidas excepcionales que el discurso del general Marshall, el 5 de junio de 1947, dejaba entrever. El fracaso de la convertibilidad de la libra ayudó a la opinión americana a tomar conciencia de que era necesaria una asistencia gratuita para ayudar a los países devastados a reconstruir su economía. Así nacía el Plan Marshall, destinado a responder a los problemas nuevos surgidos de la “escasez de dólares”.

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