La habilitación de su puerto tuvo ciertamente una trascendencia muy pronunciada en lo que se refiere a la idiosincrasia de la ciudad. Buenos Aires había nacido y se había desarrollado como una ciudad portuaria, apretada contra la costa. Todos sus recursos estaban en el estuario: la alimentación, el agua, el comercio, la higiene, las comunicaciones. Mientras no pudo transportarlos a distancia, fue ella la que se acercó a las márgenes de su río. Desde tiempo remoto, la ciudad tenía dos frentes: el que atendía las exigencias del comercio exportador se hallaba en el Riachuelo; esa zona era el asiento de Ias barracas, donde el cuero y la lana esperaban al barco que habría de conducirlos a ultramar; y el saladero, que recibía las reses y la sal y preparaba el alimento de las poblaciones, no muy exigentes de ciertas regiones de América. El mismo tipo, poco atrayente de estas faenas, había alejado relativamente la población interesada en ellas; entre la zona de muelles y barracas y la destinada a la residencia había una faja de baldíos no muy extensa porque los medios de vinculación ni eran cómodos ni eran rápidos. El otro frente, el que atendía al comercio importador, estaba próximo a la Aduana; los almacenes y los depósitos no alejaban excesivamente las zonas de las residencias porque las mercancías que ellos manejaban carecían de los aspectos repulsivos que caracterizaban a las otras; en este distrito residencial, coincidían con los comerciantes, los funcionarios que se desempeñaban en proximidad de la Aduana y que tampoco debían alejarse demasiado del sitio de trabajo.

Ambas zonas se ubicaban en un sector de la ciudad cuyo límite era impreciso, porque se superponían y no quedaba claramente definido si pertenecían a la jurisdicción de la Aduana o al área del Riachuelo.
Cuando el puerto comenzó a adquirir realidad y la Av. ubicada en el sur. Toda el área que se desarrollaba a reacción a Barracas, a medida que se alejaba de aquélla iba perdiendo majestuosidad; hasta la calle Independencia, acaso hasta la de San Juan eran las viviendas de los comerciantes y de los estancieros, cuyo tipo arquitectónico conservaba mucho de la estancia colonial; más al sur, venía el mercado de Constitución y luego una vasta zona de quintas lentamente urbanizada. Pero en la medida en que la ciudad pudo traer hacia sí lo que antes estaba obligada a ir a buscar por sí misma, al amparo de las obras sanitarias que le alcanzaban el agua y le facilitaban las tareas de la higiene, y los medios de transporte acercaban los distritos más alejados propiciando el traslado de personas y de cosas, la ciudad comenzó a depender menos directamente de su río, a alejarse de él expandiéndose. La existencia de nuevo puerto significaba la de una zona dotada de alto grado de urbanización y además obligaba a centralizar en su proximidad la totalidad de las operaciones que antes se hallaban disgregadas en dos frentes algo distantes entre sí.

El puerto, por medio de la Avenida, dividirá pues a la ciudad por largo tiempo en la zona europeizada, inmediata a las instalaciones que captan de manera más directa la influencia europea; y la otra, que sólo la pone en comunicación con el interior del país. La primera es la zona de los grandes transatlánticos, cuya utilización caracteriza a los que pueden concretarse y por cuyo intermedio el país recibe los beneficios de la civilización europea; en la segunda, son solamente los barcos del cabotaje que embarcan lo que la ciudad puede ceder de esos beneficios al resto del país. Es presumible que en cuanto el de Buenos Aires logró habilitar la totalidad de sus dársenas, el de La Plata comenzó a declinar. Los 710 barcos de ultramar de 1896 no son más que 272 en 1897; y si bien algunos años después logró algún repunte, a partir de 1900 su decadencia era ya evidente e irrefutable. A partir de 1896 había cesado la jurisdicción que ejercía la provincia sobre los ferrocarriles ubicados en su territorio y que entraban a la ciudad de Buenos Aires. Esto significaba que la tarifa especial que los ferrocarriles aplicaban para el transporte de cereales a La Plata quedaba cancelada a causa de su jurisdicción nacional. La nueva tarifa hacía que la conducción Buenos Aires fuera más económica debido a que los empalmes a La Plata distaban más de ahí que de su antagonista. Aun cuando las tarifas portuarias de La Plata eran más reducidas que las de Buenos Aires, aquel puerto hallaba un inconveniente insalvable para la importación. El Poder Ejecutivo había reservado la importación de mercaderías generales a los muelles de Buenos Aires y además impedía el transporte por agua desde La Plata invocando la inseguridad que de ahí derivan para la renta aduanera. Lo exacto es sin embargo que todos los ferrocarriles llegaban a Buenos Aires y sólo lo hacía a La Plata el F.C. Sur cuyas líneas generales no estaban dirigidas a La Plata, sino a Buenos Aires.

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