La Minería

Los relevamientos superficiales

Sin perjuicio de que la explotación de la riqueza minera fuese una actividad tradicional, lo exacto es que ella se desarrollaba con el carácter de un esfuerzo personal dotado de un tinte azaroso. El país no había iniciado aún en forma orgánica el conocimiento preciso de su suelo; mal podía tenerlo de su subsuelo. Por lo demás, toda la zona vecina de mediados del siglo xix se había caracterizado por un nervioso afán en la búsqueda de yacimientos metalíferos, auríferos en particular; la exploración y luego la explotación requería el empleo de relevantes virtudes personales. La incorporación de numerosas zonas del globo antes desconocidas y que por esa época eran anexadas al proceso de la producción facilitaban y estimulaban esa inclinación hacia la aventura que constituía el fundamento específico de la minería del oro y la plata. El portentoso crecimiento de las industrias, tanto consideradas desde el punto de vista de la cantidad de sus productos como de la calidad de los mismos, permanentemente enriquecida con nuevos rubros y mejorada en su composición, era ciertamente un acicate a la búsqueda de yacimientos mineros entre los cuales los de metales ocupaban un lugar preferente. Ni en lo que se refiere a la búsqueda del oro ni a la de los demás metales requeridos por la industria europea el país estuvo exento de contagio: sin que puedan localizarse filones o mantos capaces de un rendimiento inmediato muy voluminoso, lo verdadero es que los diversos exploradores o aventureros que se animaron a la búsqueda lograron extender discretamente una actividad que por lo demás contaba con siglos de tradición. 

La zona minera era sin embargo la de más difícil acceso, tanto porque ella se hallaba en la región montañosa cuanto porque el conocimiento de su topografía no había sido revelado aún. Fue recién durante el período que media entre 1880 y los años finales del siglo cuando se inició y continuó de manera suelo. Diversas causas habían influido a fin de concretar tal actividad que no figuraba entre las gestiones propias del Estado Nacional. Hasta Caseros, en efecto, si se exceptúan algunas iniciativas ocurridas inmediatamente al movimiento de mayo y confirmadas durante la época de Rivadavia, ninguna dependencia del Estado tenía bajo su responsabilidad la formación del mapa de la Nación. Posteriormente a Caseros, la urgencia de un relevamiento orgánico del suelo comenzó a adquirir caracteres de urgencia, y en efecto, durante la presidencia de Sarmiento fue creada una oficina topográfica que poco después se transformó en el Departamento de Ingenieros de la Nación. Diversas circunstancias habían impuesto la necesidad de esos relevamientos. Desde luego los trazados ferroviarios; tanto la Nación como diversas provincias y numerosos particulares se hallaban ocupados en esta tarea a partir de 1870. La provincia de Buenos Aires, había iniciado y extendido discretamente su línea al oeste: la de Entre Ríos realizaba sus primeros tramos y planeaba una red más extensa; el que había partido de Rosario, acababa de llegar a Córdoba; y la propia Nación ejecutaba los ferrocarriles de la zona Andina y las extensiones desde Córdoba hacia el norte; los particulares a su vez contaban ya entre sus concesiones con algunos centenares de kilómetros. Todo ello imponía un conocimiento plan altimétrico de la zona afectada por los trazados y en consecuencia requería igualmente la adopción de sistemas de relevamiento y de referencia de amplitud nacional.

Una segunda causa que impulsaba hacia los trabajos topográficos era la fijación de límites internacionales, es decir la determinación de las fronteras y la de los límites provinciales. La lenta y pausada organización de los Estados Provinciales comenzó formalmente a partir de 1861, es decir en concordancia con la unidad nacional, pero las guerras civiles y la guerra internacional simultáneamente ocuparon toda la decena de los 60 y postergaron para la siguiente la ejecución de aquella obra; ésta recibió un mayor impulso luego de resuelto el problema de la Capital. El régimen impositivo tuvo también su activa participación; al suprimirse las aduanas interiores sólo quedó como recurso a las provincias el impuesto territorial, para cuya percepción era indispensable poseer relevamientos siquiera aproximados de sus respectivos territorios. La resolución del problema de la Capital trajo consigo la fijación de los límites de los territorios nacionales ocupados inicialmente luego de la campaña de 1879 y de manera más lenta a partir de 1880. La ley No 817 que disponía la forma de adjudicación de lotes de tierra en dichos territorios fue también un motivo que empujó a la exactitud y extensión de los relevamientos parciales del territorio. Debe alinearse además en esta serie de hechos el mayor valor de la tierra y la frecuencia de las transacciones que imponía referir las parcelas enajenadas a planos más precisos y concordantes con el acrecentamiento del precio de aquélla. Corresponde por último hacer referencia a la acción permanente del ejército entre cuyas tareas fundamentales figura la de conocer cabalmente el territorio en el cual se debe desempeñar. Este conjunto de hechos determinó que hacia fines del siglo xix el mapa del país, plagado aun de imperfecciones y de lugares inexplorados, presentase una imagen de aquél discretamente aceptable.

La urgencia por el conocimiento del subsuelo es sin duda posterior a este otro; si bien no requiere para sucederle que esa tarea se halle íntegramente realizada, considerada como una actividad orgánica y no como expresión de esfuerzos personales aislados, debe necesariamente apoyarse en el conocimiento preciso del suelo.

La minería como cualquier otro tipo de producción, requiere además para desarrollarse la existencia del Mercado interior o externo. El primero comenzaba a ofrecer perspectivas para cierto tipo de minerales a partir de 1880: el país entró entonces en la senda de la producción ejecutada para un mercado relativamente estable y ello repercutió sobre el conjunto de sus actividades internas que cobraron nuevos bríos. La necesidad del combustible, sin perjuicio de hallarse ya iniciada la organización de su provisión desde Gran Bretaña, fue uno de los incentivos que movieron más poderosamente a la actividad minera en su etapa de búsqueda de los yacimientos. Hemos hecho alusión a la ley de octubre 10 de 1870, que ofrecía un premio de 25.000 pesos fuertes a quien señalará la existencia de un yacimiento de carbón de piedra en condiciones apropiadas a la explotación; entre 1870 y 1885 la localización de yacimientos petrolíferos en Jujuy, Salta y Mendoza, constituyó una actividad intensamente realizada. La provisión del combustible desde Gran Bretaña impuso a todos ellos un compás de espera decididamente prolongado. Las actividades internas del país no exigían sin embargo ni voluminosas partidas de minerales metalíferos ni el difícil acceso a los puertos facilitaba aún el embarque a los mercados exteriores; de ahí, que luego de tentativas no muy pacientes la riqueza minera de la Argentina pasará a la condición de reserva.

El conocimiento científico de la minería argentina se inició entre 1860 y 1870 por intermedio de Stelzner y Brakebusch; le suceden Rickard, Ávé Lallemand y el conjunto de geólogos y químicos Burmeister, Latzina, Kyle, Puigari y Schikendantz, etc. incorporados al país en la década posterior. Aun cuando sus estudios se limitaron al análisis del material obtenido y de los métodos de trabajo de las minas en esos momentos en explotación, ellos iniciaron estudios que permitieron a la minería de la época alcanzar un cierto desarrollo.

Los estudios geológicos: minería metalífera y no metalífera

Corresponde expresar previamente que la riqueza minera que posee la Argentina, se halla repartida entre la zona litoral y la zona montañosa del oeste y noroeste, y que ambas poseen características distintas. Mientras esta última dispone de la totalidad de la riqueza metalífera, la zona litoral posee minerales no metalíferos, arena, sal, canto rodado, piedras graníticas, calizas y calcáreas, etc. Este hecho ha determinado el destino de la minería argentina.

Durante todo el período que transcurre desde 1861 hasta los años finales del siglo, en parte a causa de la extensa tradición minera de algunas provincias como La Rioja, San Juan, Jujuy, etc., y en parte también debido a los estudios iniciados en aquella época, la minería metalífera tuvo un desarrollo promisorio. El níquel arsenical descubierto poco antes en La Rioja, departamento de Vinchina, fue objeto de un trabajo de extracción enérgico y entusiasta hasta los años de 1874 y 75; la falta de capitales y de técnicos para acordar a la industria el empuje necesario, condujo a la cesación de los trabajos. Poco después de 1880 se había formado en Europa una compañía destinada a la explotación de las minas de plata de Famatina. Activa base en distintas minas y se obtenía un mineral de alto porcentaje por cuyo motivo fue instalada una fundición para reducirlo. En Capillitas, en Totalán y en el distrito minero de Castaño se habían instalado diversas empresas constituidas unas en el país, otras en Londres, con capital extranjero siempre, con el objeto de extraer la plata de dichos filones. La empresa que operaba en la primera de ellas disponía de un capital de 20 mil libras y la de este último, que obtuvo rendimientos muy satisfactorios, contaba con un capital de 60 mil libras. La mina de Hualilán, provocó la formación de una empresa en Londres con 75 mil libras de capital, y las minas puntanas de Carolina decidieron la formación de otra que comenzó con 50 mil libras y poco después elevó su capital a 100 mil. Entre 1885 y 1890, 27 minas proveían en el distrito de Famatina, plata, oro, hierro, cobre, plomo y galena argentífera. Las de Tucumán, Salta y Jujuy proporcionaban cobre, plata, oro y galena. Sin perjuicio que numerosas pertenencias hayan conducido a fracasos muy onerosos debido al conocimiento superficial de la geología regional, a la falta de maquinaria apropiada, de medios de comunicación fáciles y económicos, y de técnicos experimentados, la cesación de actividades de la mayoría de esos yacimientos debe imputarse principalmente a la orientación que el país había impreso a su economía luego de 1880.Porque si bien algunas empresas fueron iniciadas posteriormente a esa fecha, lo exacto es que en cuanto el frigorífico abrió las extraordinarias perspectivas que fueron poco después una realidad patente, la economía argentina comenzó gradualmente a abandonar toda actividad extraña a las agropecuarias. El ordenamiento sobre la base de la explotación agrícolo ganadera implica la provisión de los artículos manufacturados por parte del destinatario de la producción nacional. Al carecer de aliciente en el rudimentario mercado interior los minerales metalíferos de las zonas oeste y noroeste, las empresas fueron paulatinamente cesando en sus actividades y conservando en carácter de reserva las concesiones acordadas para la explotación. Las empresas extranjeras habían perdido interés en las inversiones ajenas a la zona litoral, en donde empeñosamente se encerraba la actividad económica y cultural de la Argentina, y como poseían los medios necesarios para invalidar cualquier tentativa local de aprovechamiento de esa riqueza obtención de pertenencias para luego mantenerlas en la inactividad, tarifas ferroviarias inapropiadas para el acceso de minerales al litoral, bajos precios en el mercado internacional, ete. los filones metalíferos debieron esperar a que condiciones locales o externas al país decidieron la reanudación de las extracciones. Como recuerdo de afanes que habían conmovido durante algo más de un siglo a los habitantes de los distritos mineros, las estadísticas de los últimos años del siglo xix aludían apenas a una producción de pocos centenares de toneladas de mineral de cobre.

Muy distinta fue la situación de la riqueza minera de la zona litoral. Sin perjuicio que durante muchos años aun dentro del presente siglo, los adoquines y el cemento vinieran como lastre, en barcos que llegaban a cargar el cereal a los puertos argentinos, las piedras calizas y calcáreas, las críticas y graníticas, la arena, los cantos rodados y la sal, fueron objeto de asidua utilización en concordancia con las construcciones a que ellas se aplicaban y las que el país había iniciado con renovada energía. Los minerales de la zona litoral, contrariamente a los metales de la zona montañosa que se exportan luego de una elemental preparación, tenían un creciente mercado en la propia zona de extracción; y como en realidad eran muy poco valiosas, ninguna ventaja podía obtenerse en sustituirlo con el similar producto extranjero y desde luego tampoco en exportarlos.

La realidad que ofrece la Argentina de fines del siglo xix en lo referente a la actividad minera, es que, si bien dispone de una próspera industria de aprovechamiento de sus minerales no metalíferos, con excepción de los combustibles, aparenta ignorar y con frecuencia niega la tenencia de minerales metalíferos. Ni sus dependencias administrativas ni sus institutos universitarios aludían ni discurrían en lo atinente a la utilización de sus filones metalíferos. Ningún instituto universitario difundir conocimiento alguno que se refiriera, por ejemplo, a las industrias derivadas de la química inorgánica. Si bien se observa, la universidad no repartía ningún conocimiento referente a las actividades productivas; sólo enseñaba a realizar servicios, a manejar entes fabricados en otros lugares. Si se trataba de máquinas la enseñanza universitaria se limitaba a capacitar al técnico a manejarla y a lo sumo a realizar las pruebas de recepción; si se trataba de metales, aquéllas no excedían las necesarias para valerse de ellos en la construcción; ninguna enseñanza aludía a la extracción de la pirita de hierro y la preparación requerida para transformarla en una viga de puente. La Universidad al restringir la especialización de sus estudios al capítulo de los servicios, traducía de manera cabal la idiosincrasia de país dependiente que caracterizaba a la Argentina de fines del novecientos. Ningún rasgo es en este sentido más demostrativo que la inhabilidad para superar y modificar a la naturaleza mediante la transformación razonada de los elementos, y que la incapacidad para manejar los metales, acaso porque las etapas más definidas de la civilización dependen de poseer esta virtud.

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