Las clases sociales según los censos de 1869 y 1895

La población ocupada en ambas fechas puede ser ubicada, comparativamente, de acuerdo a su intervención en el proceso de la producción, es decir, de acuerdo a la incidencia de su profesión.

Ella estuvo aplicada a la producción de bienes, es decir, fue netamente productiva; o lo estuvo a la producción de servicios, fue pues, semi productiva; o finalmente, integró aquellas profesiones que no tuvieron vinculación con la producción; su desempeño producía servicios muy lejanamente vinculados o no vinculados a la producción primaria; eran pues profesiones no productivas.

Las primeras se hallan integradas por los trabajadores directamente aplicados a la producción agropecuaria e industrial; los segundos son los profesionales afectados al comercio, los transportes, empleados privados, sirvientes y jornaleros; y el sector no productivo, por los funcionarios, rentistas, defensa del país, profesiones liberales, personas a cargo de oro, etc. Las cifras que ambos censos atribuyen a cada cual, expresadas en miles de personas, son éstas:

La evolución de la estructura funcional experimentada por el país entre 1870 y los años finales del siglo xix, acusa pues una tendencia muy marcada a desplazar la población hacia las profesiones más productiva; el comercio y los transportes han aumentado considerablemente a causa de las facilidades que el tráfico ferroviario y fluvial han acordado a la internación de mercancías nacionales y extranjeras y a los progresos de la fábrica instalada en el litoral y en algunas ciudades del interior. 

En la segunda de esas fechas había en efecto en funcionamiento 44.100 casas de comercio cuyo capital se aproximaba a los 600 millones de pesos; de ellas, 17.300 se dedicaban al comercio de artículos nacionales, 1.300 al de artículos extranjeros y unas 25.500 al de ambos simultáneamente. En el crecimiento del primer sector se nota un aumento parcial muy pronunciado de los rentistas y de los funcionarios; la administración pública comenzaba a organizarse y extender su acción hacia 1870, los numerosos servicios que fue luego absorbiendo ese aumento y desde luego por el sensible crecimiento que en hieros, maestros, etc.

El desarrollo comparativo de los rubros de profesiones productivas y semi productiva, está sin duda de acuerdo con el régimen legal de la tierra; estos últimos han aumentado en casi 300 mil mientras aquéllos lo han hecho en más de 400 mil. En este acontecimiento tiene una importancia muy grande el conjunto de jornaleros o sea el de «personal de fatiga sin trabajo fijo», según se expresa el censo. Se trata de un personal que trabaja sin continuidad; se desempeña transitoriamente en la esquila y otros trabajos ganaderos de tipo accidental y durante la cosecha participa de las tareas de recolección; el resto del año realiza en las ciudades trabajos en la industria y en menesteres diversos. 

Constituye pues un típico proletariado rural, si bien se desempeña tanto en esas tareas como en las industriales; su desempeño no ocurre exactamente en el proceso productivo sino en el de los servicios íntimamente ligados a aquél. La circunstancia expresada aconsejaría, pues, distribuir a este personal en forma proporcional al que integra los dos últimos rubros mencionados. De acuerdo a ello el cuadro precedente resultaría modificado de la siguiente manera; las cifras expresan miles de personas:

La corrección de referencia introduce una ligera inversión en los términos del proceso productivo acordando preferencia al sector nombrado en tercer lugar. La potencia de este sector ha aumentado no solamente en los 375 mil obreros que le atribuye el cuadro precedente sino también en los 60 mil HP que ha incorporado la producción industrial y en la maquinaria agraria había hallado el censo de 1895; en el conjunto mecánico que aun cuando estuviera en buena parte accionado por fuerza humana o animal, era capaz de una mayor producción que la obtenida mediante sus antecesoras.

Por lo que se refiere a las categorías fundamentales en que se divide la masa productiva, relativamente a su situación en el régimen social de producción se puede expresar que en 1895 no sería ya correcto, como en 1869 acordar exclusivo predominio a la propiedad de la tierra y de ganados; el capital comercial y el industrial habían realizado progresos pronunciados. Acerca del primero puede ser un elemento de juicio irrecusable el hecho que la Cámaras compensadoras hayan registrado en 1894 un movimiento de 4.500 millones de pesos, o sea 10 veces superior al intercambio comercial de ese año; en cuanto al segundo, el censo del 95 atribuye a las industrias un capital patrimonial de 475 millones de pesos.

La distribución de la población activa en los grupos económicos fundamentales comenzará pues por establecer la integración de la clase superior compuesta por la gran burguesía, terratenientes, altos funcionarios, etc. 

Ella hace pie fundamentalmente en el sector no productivo sin que sus elementos la componen íntegramente; no toda la administración pública, ni las profesiones sanitarias, ni los de educación, etc., pertenecen a la misma clase que los grandes terratenientes y banqueros; esta clase, de acuerdo a la forma de redacción del censo, tiene también sus componentes en el segundo y tercero de los rubros aludidos; un sector del comercio y de los transportes y uno del sector agrícolo ganadera y del industrial, le pertenecen. La desintegración de estos sectores y su recomposición en clases, es decir en grupos económicamente similares es posible dentro de una cierta aproximación consultando los datos parciales del censo que permiten discriminar los grandes capítulos, administración pública, comercio, transporte, etc. no sólo en sus íntimos detalles funcionales sino aun desde el punto de vista geográfico. 

Los estancieros y hacendados registrados en el censo de 1895 son 75 mil. Su valor económico y el sentido de sus intereses es por supuesto muy distinto si se trata de los 23.300 hacendados de Buenos Aires, que de los 8.300 de las provincias del noroeste y desde luego de los 1.500 que existen en Mendoza y San Juan. Lo propio ocurre con las 172 mil propiedades agrícolas censadas; aparte de que de ellas 104 mil se hallaban en explotación por sus propietarios y 68 mil por arrendatarios y medieros, corresponde establecer entre aquéllos una diferenciación muy notable, de los 18 mil de Buenos Aires, los 9.800de Entre Ríos, los 5.600 de Mendoza y los 7.000 de Tucumán. Es lógico suponer que, si bien a los propietarios los distingue una extremada diversidad, los arrendatarios y medieros ocupan una posición dentro de las clases medias en sus etapas inferiores y que de aquéllos un número muy crecido tiene su representación en esa misma clase. En todos esos casos, para graduar y homogeneizar los intereses económicos es preciso recurrir a los datos parciales del censo, a la extensión de los establecimientos y de las superficies cultivadas y por fin al tipo de ganado y de cultivo.

En cuanto afecta al capital comercial y bancario, las diferencias son igualmente profundas; los 30 establecimientos bancarios de la capital federal representan un capital promedio de 10 millones de pesos; el día del relevamiento tenían en caja 3 y medio millones cada uno; los 25 de Entre Ríos no representan en cambio, sino un capital medio de 400 mil pesos. Y en lo que atañe a las casas comerciales, las 38.400 que existían en la Capital Federal y que eran el 76 % de las que funcionaban en el país, reunían un capital de 510 millones o sea el 87 %del capital total del país. Además, la Capital Federal tenía en funcionamiento 744 casas comerciales que operaban con mercancías extranjeras; ellas representaban el 57 % del total de este tipo. Aquel conjunto, que reconoce sin embargo entre sí diferencias considerables, difiere de las del resto del país en volumen y en intereses.

Las industrias censadas, sumaban 23.300 lo que indica que cuando menos había ese número de propietarios. Su composición, desde el punto de vista de su valor económico, como desde el que afecta a su influencia sobre el mercado interior, es muy variable; los 5.700 establecimientos destinados a “vestido y tocador’, acusan un capital individual medio inferior a 10 mil pesos; los 4.100 de “alimentación», apenas exceden de 15 mil y las cuatro mil empresas de construcción no poseen sino 12 mil pesos cada una. Pero los 38 frigoríficos, tienen un capital promedio de 1 millón de pesos; los molinos harineros uno de 700 mil, pero de entre ellos los hay con más de 2 millones; los ingenios azucareros acusan un promedio de 1 millón, algo menos que las fábricas de gas y electricidad.

Cómo a partir de 1890, las había por supuesto aun antes de esa fecha, se inició la difusión del capital anónimo, es presumible que numerosos establecimientos acusaran capitales superiores a los mencionados: la Azucarera Argentina tenía registrado 1,5 millones oro; la Cervecería Palermo, 2 millones papel; la Azucarera Tucumana, 5 millones oro y la Refinería Argentina, 3 millones. Individualmente considerados también los frigoríficos denotaban inversiones mucho más crecidas que las que se deducen de 1 promedio; la Compañía Sancionen, por ejemplo, tenía un capital de 4,5 millones; pero en las escalas intermedias y aun en el otro extremo, se halla una abrumadora mayoría de medianos y pequeños industriales productores de la más modesta jerarquía y de los más intrascendentes oficios, como zapateros, sombreros, panaderos, herreros, etc.

Lo propio ocurre en los otros rubros de las profesiones; los transportes, por ejemplo, admiten una extremada diversificación tanto en lo que se refiere a su posición geográfica cuanto en profundidad; los empleados de la administración pública, de la jurisprudencia, de la educación, de las profesiones sanitarias y demás integran tanto la clase superior como todos los matices de las clases medias y aun la de trabajadores manuales, es decir la de los que no poseen medios de producción. Una clasificación de los datos del censo lograda dentro de una aproximación, perfectible sin duda, pero que se puede aceptar, conduciría a distribuir la población ocupada en 1895 de la siguiente manera:

Al realizar este cálculo, por supuesto aproximado, ha sido necesario combinar diversas cifras a veces contradictorias, para arribar a los resultados expuestos. En el sector industrial, por ejemplo, el censo afirma la existencia de 23.300 establecimientos y 170 mil obreros. Los primeros pueden reunir a 40 mil propietarios de diversa graduación sin duda. Sumados ambos, propietarios y obreros, resultan 210.000 personas afectadas al funcionamiento de los establecimientos mencionados; el censo atribuye a los productores industriales 366 mil; separando los que se agrupan en el rubro “personal de servicio», en el que figuran los empleados privados, que no pueden estar en número inferior a los propietarios, quedan aún poco más de 100 mil artesanos, cifra que por lo demás está confirmada por el censo. En lo referente a la distribución de los productores de materia prima (agricultores y ganaderos) hemos separado los 75 mil hacendados a que se refiere el censo, de los 172 mil agricultores. 

Entre los primeros se puede establecer una distribución de acuerdo a la superficie del campo destinado a ganadería, o sea en establecimientos menores de 1000 hs., entre 1000 y 10 mil y más de 10 mil Hs.; proporcionalmente a este tipo de propiedad es que se distribuyeron los 75.000hacendados. En cuanto a los agricultores, de los 170 mil, 102 mil son propietarios y 68 mil arrendatarios; a ambos, no es posible establecer diferenciación, se los puede distribuir proporcionalmente a la extensión cultivada en productores que ocupan superficies menores de 100 Hs. entre 100 y 700 y más de 700 Hs. En conjunto, los titulares de los establecimientos agropecuarios, sumaban 260 mil personas; la diferencia hasta las 394 mil personas dedicadas a la producción de materia prima, son los trabajadores enrolados en los establecimientos agrícolas y ganaderos en forma permanente.

Ciertamente estos nuevos factores crearán sus elementos de combate; las clases medias integradas por pequeños propietarios de tierras, comerciantes, industriales, ganaderos, y la clase trabajadora por jornaleros de las pequeñas ciudades del campo y por obreros industriales de Buenos Aires, constituyen laboriosamente sus organismos, fijan sus objetivos y se desplazan en demanda de mejores condiciones de desempeño. 

El agrupamiento en las ciudades y en los talleres ha permitido respectivamente a unos y otros identificar sus intereses y sus necesidades y en consecuencia se debe aceptar que en la última decena del siglo el progreso de las industrias agropecuarias y el de las manufactureras, había acelerado la división social del trabajo, y que ellos buscaban ubicación en el panorama nacional. Su presencia modifica la relación de fuerzas del padrón electoral y su movilidad llamaba a la reflexión (y a la represión) a la oligarquía terrateniente. 

Se atribuye a la perspicacia de Roca una respuesta que encierra profundo significado, dada a alguien que comentaba en términos entusiastas la afluencia de inmigrantes durante su presidencia. “Por el momento, dijo, es un espectáculo reconfortante; lo grave será cuando les toque gobernar a los hijos de éstos». Porque la verdad es que los «hijos de aquéllos», de los que entraron al país entre 1856 y 1870, veinte años después eran ciudadanos argentinos y si sus padres no tenían mayor vocación por la cosa pública, estos últimos acaso comprenden que las imposiciones de la ciudadanía son irrenunciables.

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