Las profesiones y el desarrollo de las industrias manufactureras

La población trabajadora se distribuía en 1895 de la siguiente manera:

Producción de materia prima (agricultura y ganadería) 394.000

Mano de obra no calificada (peones y personal de servicio) 565.000

Producción industrial 366.000

Comercio 143.000

Transporte 63.000

En la producción de materia prima la mano de obra se distribuye en 250 mil argentinos y 150 mil extranjeros; es indudable que aquéllos se ocupan de la producción ganadera y estos últimos de la agrícola. En la producción industrial los extranjeros intervienen con 160. 000.000; donde es igualmente patente el número de trabajadores típicamente urbanos, es decir en la mano de obra no calificada, los extranjeros están representados por 170.000 personas o sea poco más de la tercera parte del total. Y en cuanto se refiere a las principales profesiones se puede expresar que, con excepción del oficio de costureras y tejedores, cuya mayoría pertenece a los nativos, en los demás esa mayoría pertenece a los extranjeros. Las cifras globales son éstas:

Construcción 38.000   Maquinismo 28.000

Imprenta   4.200     Costureras 120.000

Carpinteros 28.000   Tejedores   40.000

Si se recuerdan las mismas cifras referentes al año 1869 se puede observar el considerable aumento de la población ocupada en la producción industrial y en la agricultura y ganadería; los obreros dedicados a la construcción han cuadruplicado, lo mismo que los afectados al maquinismo; se advierte una reducción importante en el número de los tejedores sustituidos evidentemente a favor de la introducción de máquinas. Esta decena que se inicia bajo el signo del frigorífico ha hecho posible la incorporación a las costumbres técnicas del país de la industria manufacturera. El auge de la construcción y en general el aumento del capital constante ha propiciado el generalmente por los inmigrantes que poseían alguna artesanía. Asentados en las ciudades con ese propósito o desalentados por su desempeño en el campo, comenzaron con pequeños talleres donde hallaron mano de obra barata retenida también allí por la misma causa. El movimiento tendiente a favorecer la fabricación de múltiples objetos de la vida diaria había comenzado inmediatamente a Caseros, pero fue recién a partir de 1880 cuando cobró una significación que el censo de la Unión Industrial contribuyó a resaltar. 

Luego de Caseros diversas manifestaciones indican la existencia de condiciones favorables a esta actividad. La Revista del Plata fundada por el ingeniero Pellegrini había sido en este sentido un factor de alta eficacia. Las modificaciones experimentadas por la fabricación, transporte y embarque de los productos fundamentales habían exigido además la instalación de todos los talleres destinados a la reparación y conservación de las herramientas empleadas en ellos. En 1875 al discutirse el presupuesto para el año siguiente ya esta cuestión en su aspecto arancelario, había sido llevada al Parlamento. La incorporación de numerosos pequeños talleres era pues en los umbrales del 80 un acontecimiento notorio y auspicioso. Los talleres ferroviarios, los de reparación y construcción de embarcaciones y los destinados a satisfacer la construcción de edificios y reparación de maquinaria agrícola, habían diseminado y dado importancia en algunos lugares a la industria manufacturera

Es ciertamente muy elocuente el censo que la Unión en industria, organismo patronal fundado dos años antes, realizó en 1889 con respecto a las industrias de la ciudad de Buenos Aires. Los 400 establecimientos seleccionados a los efectos censales, ocupaban entonces 11.000 obreros, tenían un capital de 10 millones de pesos y totalizan una potencia mecánica de 1.500 HP. Sus ramas principales eran la del cuero que tenía en funcionamiento 55 establecimientos, con 1,2 millones de pesos de capital, la de la madera que tenía 90 fábricas con 1,8 millones y la de metales cuyo número ascendía a 40 y su capital a 1,5 millones. Aparecen ahí solamente 26 casas con un capital superior a 100.000 pesos cada una. Estas fábricas representan un 7 % del número censado, pero agrupan un capital del 70 % del total y ocupan el 30 % de los obreros. En lo que respecta a la concentración de estos últimos aparecen establecimientos que agrupan un número relativamente raro; una de cigarrillos con 434; una de calzado con 400; hay luego unas veinte fábricas que ocupan entre 100 y 200 obreros. En cuanto se refiere a la fuerza motriz hay fábricas que la poseían en hasta 100 y 200 HP; la reducida cifra que la totaliza indica no obstante que su atraso técnico era notable.

El salto que significa pasar de esta expresión de la manufactura local a las industrias que describe el censo de 1895 es realmente considerable. Aparecen ahí unos 23.000 establecimientos diseminados en el país cuyo capital alcanza a 485 millones de pesos; ocupan 167 mil obreros y disponen de una potencia de 60 mil HP. Industrias de alimentación, de vestidos, de muebles, de construcción, de metales, de productos químicos, frigoríficos y saladeros, molinos harineros, ingenios azucareros, fábricas de gas y electricidad son algunos de sus rubros. De sus propietarios un 85 % son extranjeros lo cual confirma las consideraciones formuladas anteriormente respecto a la manera como fué iniciada e impulsada la industria en la Argentina. Es en este sentido particularmente elocuente el hecho que en la zona oriental del país el número de propietarios extranjeros supera el 90 % del total. Si de los propietarios se pasa a los trabajadores el acontecimiento se repite de manera idéntica. Sin entrar a considerar el fenómeno industrial en su aspecto funcional corresponde sin embargo establecer sus características. 

Es decir que las industrias no fabriles o sean los talleres artesanales forman dos terceras partes del total y ocupan casi Cimientos industriales no excede de límites relativamente, emplean la cuarta parte de los obreros y faenan el tercio de las reses totales. No obstante, ninguno alcanza a ocupar 200 obreros. Por lo que atañe a la distribución geográfica de la industria tal como aparece en 1895 es presumible que ella confirme la modalidad que han impreso al país las industrias agropecuarias; es decir que aparezcan dando preferencia a la zona litoral y dentro de ella a la ciudad de Buenos Aires. Hemos hecho referencia a la circunstancia de que la capacidad energética del país dependía de la provisión del carbón británico y que en consecuencia por razones conocidas la implantación de los talleres buscará realizarse en la mayor proximidad de la mina de carbón. Además, la mayor concentración humana dentro del país se halla.ba situada en el litoral, en Buenos Aires, hablando con propiedad. Desde que la industria de entonces cuando no destina su producción, como los saladeros, al comercio exterior en cuyo caso también le interesa la proximidad de las costas se especializa en artículos de alimentación y vestido, que son de consumo interno y de consiguiente absorbidos más fácil y económicamente si se fabrican en proximidad de la población y si por último agregamos el esfuerzo realizado por los ferrocarriles para orientar por medio de su tarifa el desarrollo de la industria argentina, limitarla, desalentar y neutralizar en beneficio del producto británico, quedarían fijadas las condiciones en que se ha desarrollado este hecho de extraordinaria trascendencia y por lo tanto las modalidades que desde el punto de vista de su distribución geográfica ha adquirido.

Si vinculamos este hecho al referido antes de que tanto los propietarios como la mano de obra industrial son en su casi totalidad de origen extranjero se podrá medir la circunstancia que en colaboración las industrias agropecuarias y luego las manufactureras han dividido al país en dos compartimentos: el litoral y el resto, al que no sólo separan profundas diferencias técnico económicas, sino también sociales. El hecho que los extranjeros hayan permanecido en el litoral en tan alta proporción constituye un hecho social mucho más trascendente que el económico si bien aquél depende de éste. La honda diferencia de modalidad, de idioma, de cultura, de conceptos y de métodos de trabajo que distinguen al poblador asentado en el litoral del que permaneció en el resto del país, fue acaso el más grave obstáculo a la unidad nacional. En la ciudad de Buenos Aires, aparecen ya, en 1895, instalados más de la tercera parte de los establecimientos industriales; representan la mitad del capital invertido. Las provincias de Buenos Aires, Santa Fe y Entre Ríos reúnen el 40%de los establecimientos que, en consecuencia, están en el litoral en proporción del 73 % del total; la cuarta parte del capital pertenece a los establecimientos de estas provincias; en la zona litoral sé hallan pues las tres cuartas partes del capital afectado a esta actividad. 

El resto se reúne casi totalmente en dos pequeños núcleos: la industria azucarera de Tucumán y Salta y la de vinos de Mendoza y San Juan. Tan concentrada se halla la industria en estos núcleos que el de Tucumán y Salta retiene la 7 parte de los capitales industriales y la de Cuyo el 4%; pero si se prescinde en un caso del azúcar y en otro del vino, tanto el núcleo del norte como el del oeste pierden toda significación estadística. Los molinos harineros constituyen en 1895 una actividad relevante; ella queda explicablemente limitada a Santa Fe, Buenos Aires y Entre Ríos; sumados sus establecimientos a los de la Capital resulta que poseen la casi totalidad de los manejados a vapor. Entre las provincias del centro y Entre Ríos pierden en 7 años, desde 1888 hasta 1895, 119 molinos y Tucumán reduce a la mitad los 10 molinos a vapor que tenía en el primero de los años mencionados.

Entre esos mismos años la absorción del interior por el litoral se agrava a causa de que el propio litoral comienza a ser absorbido por la Capital Federal y la provincia de Buenos Aires. En 1887 la ciudad de Buenos Aires tenía instalados 4.700 establecimientos industriales cuyo capital era de 20 millones. De ellos solamente veinte tenían alguna importancia; se trataba de molinos, fábricas de calzado, de cigarrillos, de fósforos, aserraderos, etc.; el valor anual medio de la materia prima consumida por establecimiento era inferior a 30 mil pesos. Existían además 1.400 talleres manuales en los que trabajaban 42.000 obreros o sea el 10 % de la población entonces activa. La materia prima consumida era de 48 millones de los que 80 eran de procedencia nacional; la fuerza motriz empleada supera apenas los 6.000 HP. Si se advierte que en 1895 la ciudad de Buenos Aires tenía casi 8.000 establecimientos industriales cuyo capital total era de 220 millones de pesos resulta que en los 8 años transcurridos entre 1887 y 1895 entre los cuales hay cuando menos dos de crisis económica política, el número se multiplicó por diez. 

Dentro de la zona este del país, hasta 1887, las provincias superaban a Buenos Aires en lo referente a su capacidad industrial. La preferencia por la agricultura y, en consecuencia, la necesidad de implementos de todo tipo, inexistentes en la explotación ganadera, habían determinado que, aun dentro de su carácter rudimentario, esas actividades progresaran con mayor intensidad en las provincias del litoral que en la de Buenos Aires.

En 1887 existían en Santa Fe 15 fábricas de conservas que en 1895 se reducen a 9 mantras los 15 talleres mecánicos o de fundición que funcionaban en aquel año aparecen sin variación en este último. Buenos Aires, había aumentado en cambio, entre esas dos fechas, de la 7 las fábricas de conservas y de 1 a 11 los talleres mecánicos.

Aparte de que la población de la ciudad de Buenos Aires consumía preferentemente los artículos importados se debe recordar que la instalación de las industrias más importantes (saladeros, frigoríficos, etc.) tienen un propósito esencial que es el de satisfacer las exigencias del mercado exterior. En las provincias del litoral y más aún en las del interior la fabricación para el mercado interno, que, por supuesto es mucho menos exigente que el de Buenos Aires, favorece la instalación de industrias de una capacidad sin duda reducida. Cuando la ciudad Capital aumentó su población diversificándose también se instalaron en ella establecimientos destinados a producir para el mercado interior; pero la mayor masa de consumidores que ella podía ofrecer concurría con los otros factores analizados a reducir la capacidad productiva del resto del país. Hacia 1890 este acontecimiento puede ya advertirse si bien la mayor masa de producción está todavía destinada al mercado exterior y por supuesto destinada a transformar los productos de la ganadería y la agricultura. 

Mientras el frigorífico logra su total afianzamiento, y tiende a transformarse en el resorte esencial de la producción argentina exportable, la posibilidad de disponer de una mayor masa de producción, cada vez de mejor calidad, tenderá a extender la capacidad de transformación hacia otras manufacturas de consumo interno, derivados de la lana, del cuero, de los cereales. Entre tanto, en la ciudad de Buenos Aires, aparecen ya, en 1895, instalados más de la tercera parte de los establecimientos industriales; ellos representan la mitad del capital invertido. Las provincias de Buenos Aires, Santa Fe y Entre Ríos reúnen el 40 %de los establecimientos que, en consecuencia, están en el litoral en proporción del 73 % del total; la cuarta parte del capital pertenece a los establecimientos de estas provincias; en la zona litoral se hallan pues las tres cuartas partes del capital afectado esta actividad. El resto se reúne casi totalmente en dos pequeños núcleos, la industria azucarera de Tucumán y Salta y la de vinos de Mendoza y San Juan. 

Tan concentrada se halla la industria en estos núcleos que el de Tucumán y Salta retiene la 7e parte de los capitales industriales y la de Cuyo el 4 %; pero si se prescinde en un caso deI azúcar y en otro del vino, tanto el núcleo del norte como el del oeste pierden toda significación estadística. Los molinos harineros constituyen en 1895 una actividad relevante; ella queda explicablemente limitada a Santa Fe, Buenos Aires y Entre Ríos; sumados sus establecimientos a los de la Capital resulta que poseen la casi totalidad de los manejados a vapor. Entre las provincias del centro y Entre Ríos pierden en 7 años, desde 1888 hasta 1895, 119 molinos y Tucumán reduce a la mitad los 10 molinos a vapor que tenía en el primero de los años mencionados. Entre esos mismos años la absorción del interior por el litoral se agrava a causa de que el propio litoral comienza a ser absorbido por la Capital Federal ý la provincia de Buenos Aires. En 1887 la ciudad de Buenos Aires tenía instalados 4.700 establecimientos industriales cuyo capital era de 20 millones. De ellos solamente veinte tenían alguna importancia; se trataba de molinos, fábricas de calzado, cigarrillos, de fósforos, aserraderos, etc.; el valor anual medio de la materia prima consumida por establecimiento era inferior a 30 mil pesos. Existían además 1.400 talleres manuales en los que trabajaban 42.000 obreros o sea el 10 % de la población entonces activa. Eran de procedencia nacional; la fuerza motriz empleada superior de Buenos Aires tenía casi 8.000 establecimientos industriales los 8 años transcurridos entre 1857 y 1895 entre los cuales hay establecimientos se ha duplicado pero los capitales aparecen multiplicados por diez. Dentro de la zona este del país, hasta 1887 las provincias de Santa Fe y Entre Ríos superan extensamente a la de Buenos Aires en lo referente a su capacidad industrial; la preferencia por la agricultura y por consiguiente la necesidad de implementos de toda especie que no exigía la explotación ganadera había determinado que aun dentro de su aspecto rudimentario esas actividades progresaron en las provincias del litoral más que en la de Buenos Aires. En 1887 existían en Santa Fe 15 fábricas de conservas que en 1895 se reducen a 9 mientras los 15 talleres mecánicos o de fundición que funcionaban en aquel año aparecen sin variación en este último. Buenos Aires, había aumentado en cambio, entre esas dos fechas, del a7 las fábricas de conservas y de 1 a 11 los talleres mecánicos.

Aparte de que la población de la ciudad de Buenos Aires consumía preferentemente los artículos importados se debe recordar que la instalación de las industrias más importantes (saladeros, frigoríficos, etc.) tienen un propósito esencial que es el de satisfacer las exigencias del mercado exterior. En las provincias del litoral y más aún en las del interior la fabricación para el mercado interno, que, por supuesto es mucho menos exigente que el de Buenos Aires, favorece la instalación de industrias de una capacidad sin duda reducida. Cuando la ciudad Capital aumentó su población diversificándose también se instalaron en ella establecimientos destinados a producir para el mercado interior; pero la mayor masa de consumidores que ella podía ofrecer concurría con los otros factores analizados a reducir la capacidad productiva del resto del país.

Hacia 1890 este acontecimiento puede ya advertirse si bien la mayor masa de producción está todavía destinada al mercado exterior y por supuesto destinada a transformar los productos de la ganadería y la agricultura. Mientras el frigorífico logra su total afianzamiento, y tiende a transformarse en el resorte esencial de la producción argentina exportable, la posibilidad de disponer de una mayor masa de producción, cada formación hacia otras manufacturas de consumo interno, de privados de la lana, del cuero, de los cereales. Entre tanto, la industria juega todavía un papel secundario, y los sectores que la representan aparecen subordinados a los sectores agropecuarios. Lo cual se explica porque orgánicamente la industria había nacido vinculada al campo.

La actividad industrial había introducido sin embargo factores nuevos en la realidad argentina. El considerable progreso de la agricultura y de la ganadería había contribuido a la creación de la clase media campesina, vinculada directamente a las labores del campo y volcada sobre las ciudades que en su crecimiento extendían el pequeño comercio y la producción elemental. El crecimiento de las ciudades donde se conoreta.ba el comercio exterior y de consiguiente donde se hallaba emplazado el mayor número de pequeños establecimientos era igualmente acelerado.

El censo de 1869 había localizado 47 centros urbanos; es decir agrupamientos de más de 1.000 habitantes. En esa época, y aun sin hacer hincapié en el volumen de población, sino en el número de esos centros, 31 estaban en la zona litoral y 5 en Córdoba; pero tampoco en el litoral la urbanización era uniforme: Buenos Aires, incluyendo la ciudad capital, tenía 17 centros, Entre Ríos 8, Corrientes 4, y Santa Fe solamente 2. Rosario y la Capital. El censo de 1895 halló formados 113 centros urbanos, de los cuales 93 se hallaban en la zona litoral, mientras Córdoba permanecía aún con el número de centros que tenía en 1869. En el litoral, Buenos Aires tenía 62, Entre Ríos 12, igual que Corrientes, y Santa Fe 7. Y en cuanto afecta a la magnitud de estos centros, corresponde expresar que tanto en uno como en otro censo sólo aparece una ciudad, Buenos Aires, con una población superior a 100 mil habitantes, 187 mil en 1869 y 663 mil en 1895; en aquella fecha, esta masa de población representaba el 11 por ciento de la del país; en 1895 era el 17 %. Entre ambas fechas, Bahía Blanca había crecido desde 1.000 hasta 10.000 habitantes. La Plata, desde 500 hasta 45 mil; Rosario que tenía en 1851 solamente 3.000 hs. había pasado en 1869 a 23 mil, y en 1895 a 91.000.

Estos son los ejemplos más sorprendentes pero el hecho es que la construcción de los diversos tramos ferroviarios convertía a cada uno de los pueblos mientras eran estación terminal en ciudades a veces rumorosas; de ellas partía el tráfico de diligencias y carretas que las transformaban en un lugar de concentración de personas y de cosas y cuya zona de influencia solía tener una extensión considerable. Eso ocurrió con Chascomús, luego con Dolores, Tandil, Azul, Cañada de Gómez, Junín, Pergamino, etc. El hecho de que cuando el ferrocarril continuaba más allá de la ciudad ella perdiera momentáneamente alguna importancia, no le impedía haber logrado reunir una masa siempre numerosa de población y contribuir no sólo a la urbanización del país sino a la creación de una clase media cada vez más extensa y paulatinamente más diferenciada que en sus crecientes actividades daba lugar a la formación de la clase trabajadora: el censo de 1895 permite apreciarla en su densidad y magnitud. 

La diferencia entre las cifras de este censo y las de 1869 son, en efecto, muy significativas; mientras en este último la población ocupada era de 860 mil sobre una población activa de 1.014.000, en 1895 la población ocupada con profesión definida era de 1.650.000 y los sin profesión de 806.000; la población activa era pues de 2.450.000 sobre una población total de casi 4 millones. La población ocupada en 1869 era de 50 % sobre el total y en 1895 de 41,2 %.

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