En América, en cambio, tuvieron que crearlo todo: población, civilización, gobierno y leyes, organización del trabajo, industria, comercio; y esta obra homérica fue realizada sobre todo por españoles e ingleses en poco más de un siglo. Los medios empleados no fueron nada suaves, pues desde luego las razas indígenas fueron con frecuencia explotadas, maltratadas y, a veces, hasta exterminadas a sangre y fuego por el yugo de la esclavitud. Sobre este punto los procedimientos europeos son idénticos en Asia y en América: las atrocidades de los Cortés y los Pizarro fueron excedidas por las de los Clive y Warren Hastings. Pero en el Asia, la población indígena era harto más numerosa y resistente que en América, y la civilización estaba más profundamente arraigada. De ahí que no fueron destruidas ni una ni otra.
Desde los primeros días de la conquista de América, la idea de hallar metales preciosos ejerció gran influencia sobre los españoles. México y el Perú proporcionaron las primeras cantidades importantes de oro y plata. Según los cálculos más aproximados, el rescate del inca Atahualpa, que los compañeros de Pizarro se repartieron, ascendía a la cantidad de cuatro millones y medio de ducados, poco más o menos equivalente a veintitrés millones de duros o pesos oro, cuyo poder adquisitivo eran entonces, en Europa occidental, cinco veces mayor que a fines del siglo xix, según G. D’ Avenel. Esta enorme y súbita abundancia debió provocar una baja violenta del mismo. El descubrimiento del mineral de plata de Potosí (1545), al que siguió a poco el de la mina de Zacatecas en México, aumentó prodigiosamente la producción de este metal. En lo que atañe a las cantidades de oro y plata producidas en el siglo XVI, se calcula la primera en poco menos de 250 millones de pesos oro y la última en 1000 o 1200 millones. En el tiempo que transcurre de 1493 a 1825 se habrían puesto en circulación no menos de 600 millones de pesos oro de metales nobles de América.
El primer efecto de tanta abundancia de metales fue la baja de su valor; los capitales aumentaron, y si el interés disminuyó como no aumentó proporcionalmente el valor de las mercancías. El comercio asiático y el del norte y el oriente de Europa, que entonces entraban en el gran movimiento industrial y civil, ensancharon el campo en que se efectuaba la circulación metálica, de suerte que, si la masa de numerario creció en la relación de 1 a 12, el aumento de los precios correspondientes al envilecimiento del valor monetario sólo se produjo en la relación 1 a 6, poco más o menos. El aumento de los precios se hizo notar primero en España, y a mediados del siglo xvi en el resto de Europa. Este aumento continuó hasta mediados del siglo XVII, en que se detuvo, para reanudarse lentamente desde los primeros años del siglo XVIII. Esta insólita abundancia de metales habría seguramente producido en Europa una crisis gravísima, si una coincidencia providencial no la hubiese evitado. Desde que los holandeses comenzaron a participar en el comercio de Oriente, a fines del siglo XVI, aumentó considerablemente en Europa la oferta de las especias y demás productos de aquél, bajando en consecuencia los precios, hasta convertirse en cosas de consumo y uso común las que hasta entonces lo habían sido de lujo.
Los mercados de Oriente habían sido y continuaban siendo grandes consumidores de plata. La súbita y prodigiosa afluencia de plata americana permitió, pues, aumentar la demanda de artículos de Oriente y saldar en moneda metálica la importación de aquéllos en Europa. Por esto, el puerto de Amberes, y después de 1576 el de Amsterdam, en que se realizaba tal intercambio, fueron “la válvula de seguridad del comercio europeo»(W. A. Shaw). La conquista del territorio americano por parte de los españoles y portugueses, ocupa toda la primera mitad del siglo XVI. La conquista española se propaga, desde el foco de las Antillas, a Panamá y al golfo de Méjico; desde Panamá se extiende por el mar del Sur (océano Pacífico) hasta el Imperio de los incas; y de allí hasta Chile y el río de la Plata. El descubrimiento del mar del Sur, realizado por Vasco Núñez de Balboa en 1513, demostró, como ya sospechaban algunos doctos europeos, que las tierras descubiertas por Colón formaban parte de un nuevo continente, muy distante aún del Asia oriental. De ahí el problema del paso de comunicación entre los dos océanos.
Las primeras tentativas para encontrarlo, llevadas a cabo por Juan Díaz de Solís, dieron lugar al descubrimiento del río de la Plata. La expedición portuguesa de Martín Alfonso de Souza, la primera ocupación del Brasil y la fundación de San Vicente (1531), decidieron a la Corte española a ocupar el rol de la Plata, para evitar ulteriores usurpaciones portuguesas. Tal fue el objeto de la expedición del adelantado don Pedro de Mendoza (1535), con la cual se inicia la conquista y la colonización de las comarcas bañadas por aquel río y sus afluentes. De tal manera, el movimiento de la conquista española en América, por fuerza de sus antecedentes históricos y por imposición geográfica, parte de las Antillas y se extiende hacia el oeste y hacia el sur. La conquista del río de la Plata, por las condiciones geográficas del medio, por sus antecedentes inmediatos y por su carácter propio, es un movimiento en cierto sentido independiente. Estos hechos explican la organización del sistema colonial español. Puede decirse, en términos generales, que el período de la conquista en la América del Sur se cierra con la fundación de Santa Fe (1573) y de Buenos Aires (1580), mediante las cuales se completan y se enlazan las dos corrientes de la conquista.

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