Refugio de náufragos, deportados o abandonados 

Poco después de su descubrimiento, la costa de Santa Cruz, tierra del palo Brasil o tierra del Brasil, designación que por último prevaleció (22 de abril de 1500), se transformó en refugio de náufragos, deportados o abandonados por compañeros de navegación, de forajidos, mercaderes franceses, alemanes, judíos y españoles, y de piratas de toda procedencia y nacionalidad, que acudían a ella en busca de abrigo, descanso y aprovisionamiento. Muchos traficaban con los naturales, obteniendo, en cambio, ciertos artículos de adorno y uso común, llamados de rescate, palo de Brasil, papagayos y monos. Otros se quedaban en ella y vivían a la ventura entre los indígenas, adquiriendo cierto renombre, que la imaginación de los aventureros y conquistadores transformó muy pronto en leyenda. Entre ellos cita base a Diego Alvarez Correa, el Carambolo o Caramuru, personaje importante a mediados del siglo xvi, de quien se dijo que estuvo en la corte del rey de Francia, Enrique II, donde habría bautizado a una linda compañera o esposa, Paraguazo; Joao Ramallo vivía patriarcalmente, rodeado de numerosísima familia, y Alep Garcia, supuesto descubridor del Paraguay y del Imperio incásica De regreso en Europa, los navegantes de estos viajes clandestinos, «expediciones oscuras y furtivas” (Humboldt), daban los datos que aprovechaban luego los autores de mapas, desnaturaliza ándolos a veces por simple conjetura. Esos viajes debieron ser tan frecuentes, que en septiembre de 1501 los reyes de España juzgan indispensable promulgar una ordenanza por la cual se imponían severas penas a los navegantes que sin permiso particular intentarán “descubrimientos en el mar Océano y en la tierra firme de las Indias».

En una edición de la Geografía de Ptolomeo, hecha en Roma en 1508, se encontraron indicios de navegaciones portuguesas a lo largo de la tierra de Santa Cruz, hasta los 50° de latitud austral. Esa misma edición comprendía una disertación del monje Marco de Benevento, en que se trataba de aquellas navegaciones. De 1513 a 1515, trataron los reyes de España de que se buscara un camino directo hacia el oeste, para llegar “al nacimiento de la especería», y de que se explorase hacia el sur, “a espaldas de Castilla de Oro”, la región meridional de América del Sur, para evitar, probablemente, las usurpaciones territoriales de los reyes de Portugal, más allá de la línea de demarcación convenida en Tordesillas. A fines de 1512 y principios de 1513, Juan Díaz de Solís, que acababa de ser nombrado piloto mayor en reemplazo de Américo Vespucio, realizó un viaje clandestino, aunque oficial con tales propósitos, “para demarcación entre estos reinos y Portugal», decía la real cédula pertinente, y descubrió el río de la Plata. La relación que Solís trajo a su regreso motivó el segundo viaje; “y para mejor y con más probabilidad y gente salir en tierra, el mismo rey le hizo capitán y le concedió la población de aquel gran río. Ý volvió allá con tres naos bien armadas y provistas de gente y vituallas» (Gonzalo Fernández de Oviedo).

Salió Solís del puerto de Sanlúcar el 8 de octubre de 1515.En dos meses o poco más avistó el cabo Santa María y reconoció la margen izquierda del estuario hasta el arroyo de las Vacas, donde, con algunos de sus compañeros, fue atacado y muerto por los indios. Los sobrevivientes, testigos de la matanza, regresaron inmediatamente a España. En la isla de Santa Catalina perdieron una de las naos; parte de su tripulación pereció en el naufragio, y los que se salvaron, entre ellos el portugués Alejo García, Melchor Ramírez y Enrique Montes que darían luego a Caboto alguna noticia de aquél, fundamento único de su leyenda y supuesto descubrimiento de las tierras del Rey Blanco, quedaron abandonados en la isla.

La fama del Inca (Rey Blanco), como había llegado hasta Panamá, donde la conocieron Vasco Núñez de Balboa y sus compañeros, llegó también, seguramente, por boca de los indios, a la costa del Brasil. Sus tesoros, su abundancia fabulosa de metal amarillo, ponderada por los indios “noveleros, habladores y mentirosos” (Antonio de Herrera), tal vez para librarse de los intrusos y peligrosos aventureros, era para éstos una obsesión que, en el aislamiento y desenfreno de un ambiente de barbarie, y en la vecindad de los salvajes, tomaba por momentos caracteres de demencia. Impulsados por aquella obsesión, Alejo García y algunos de sus compañeros, cuatro o cinco quizás, y un grupo de indios, se internaron hacia occidente con el propósito de llegar a los dominios del Rey Blanco y rescatar los tesoros soñados. Perecieron probablemente, a poco de salir, en el interior de alguna selva, víctimas de su escolta de salvajes, entre 1521 y 1526. No se tuvo de ellos ninguna noticia cierta, fuera de algunas versiones dadas por indios de distintas comarcas, cuya incoherencia se aumentaba en los chistosos y enrevesados balbuceos de lenguaraces indígenas y europeos.

Todas esas versiones suelen invocarse como distintas e independientes, y no tienen otro fundamento que cuentos de indios (o indiecitos) chanés y payaguás, con los cuales frangollarían los conquistadores el divertido quid pro quo de este legendario fantasma que, como el Putois de Anatole France, después de engendrado por una mentira en la imaginación de madame Bergeret, dejaba rastros en todas partes y, como es natural, no aparecía en ninguna. Lo singular del caso es que la noticia primitiva de Melchor Ramírez y Enrique Montes, desparramada por los propios compañeros de Caboto y Mendoza en las costas del río Paraguay, con el auxilio involuntario de lenguaraces tartamudos e ignorantes, no fue creída por aquél. El avisado veneciano les pidió pruebas de los tesoros, que no pudieron darle, por haberse anegado meses antes el batel de la nao de Rodrigo Acuña (desertor de la expedición de García de Loaiza) en que los habían embarcado, con la inevitable relación de la tierra para S. M., según cuenta en su carta de 1528 Luis Ramírez, tripulante de Caboto y origen primero y único de todo el enredo heurístico.

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